¿QUO VADIS?
(1.993)Por Miguel R. Ghezzi (LU 6ETJ)
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Como muchos de Uds. saben he derramado unos cuantos bytes respecto de los reglamentos que enmarcan y enmarcarían nuestra actividad. Si bien el objetivo principal ha sido convencer a quienes nos representan de que establezcan mecanismos de consulta con los destinatarios de los mismos para otorgarles alguna legitimidad, no han estado ellos exentas de algunas consideraciones de carácter filosófico.
Tal vez sea válido detenerse a considerar cuál sea el bosque que se halla detrás de este árbol y reformular las omnitemporales preguntas: ¿De dónde venimos?, ¿hacia dónde vamos?.
Revisar nuestra actividad desde la perspectiva que nos introduce no ya en una nueva década, sino en un nuevo milenio que reclama principios nuevos, más coherentes y profundos.Intentaré en este trabajo, encarar un análisis amplio y general que ayude a formularse preguntas y encarar las respuestas de cara al futuro, con un enfoque humanista, no represivo y a la vez crítico.
No pretende ser breve, entretenido o placentero de leer. Si el lector busca una fuente de esparcimiento será preferible que abandone la lectura en este punto para que me dispense de la responsabilidad de su aburrimiento...
Pretendo, si, abordar un tema arduo que a menudo requerirá del lector una buena dosis de paciencia para con mis propias deficiencias.
Tampoco resultará provechosa una lectura superficial pues es probable que poco o nada pueda concluirse de ella.Si alguno afirmara que le resultó extenso, cansador y tedioso, lo comprendería pero, al menos sabrá que para mi ha sido más de todas esas cosas. Puede servir de consuelo...
Finalmente, si bien he echado mano a toda mi honestidad intelectual en su desarrollo, no solo no niego, sino que afirmo que él representa mis convicciones y por ellas se halla impregnado porque creo firmemente que "la objetividad es una propiedad de los objetos..."
INTRODUCCION
Somos lo que somos, pero lo que somos deviene de lo que hemos sido en el pasado y, aunque sea una verdad de Perogrullo, no está demás tenerla presente, como tampoco está demás abrir los ojos al hecho de que lo que hoy seamos determinará lo que en el futuro habremos de ser.
Este "Aquí y Ahora", puede explicarse echando una ojeada a nuestra particular historia, pero porqué es el que es y no otro, es una pregunta que vale la pena formularse.Como en los demás órdenes de la vida los usos y costumbres tienen una explicación y, como es habitual también, esa explicación es siempre "a posteriori". Cualquier biólogo podrá reconstruir la cadena causal que conduce de los peces a los reptiles y de estos a los pájaros, pero ¿quién podría haber previsto la aparición de un águila observando un pez primitivo?.
Lo cierto es que, en general, no percibimos muy claramente "porqué hacemos lo que hacemos". Tal vez la mayor parte de los actos de nuestra vida se incluye en esa categoría: Nos vestimos de esta manera o de aquella otra. Nos alimentamos a ciertas horas. Efectuamos ciertos rituales cuando alguien nace y otros cuando alguien muere. Raras veces nos cuestionamos Porqué y Para qué. Simplemente así lo hacemos y no seré yo quien diga que está mal, pues no puedo imaginar un mundo en que a cada paso hubiera que detenerse para meditar el siguiente. En tal caso es probable que no avancemos nunca más allá de algunos metros y en el peor de los casos, nuestros pies se enredarían y caeríamos irremediablemente al suelo.Sin embargo el mundo cambia y, demasiado a menudo, esos cambios no son queridos sino impuestos por las circunstancias. La aparente libertad de elección que creemos gozar no pasa de ser, la mayoría de la veces, más que una simple apariencia:
"Cuando el costo del heno para alimentar a los caballos se hizo más alto que el carbón para alimentar a una máquina de vapor entonces, y solo entonces, se inició la era de la locomotora de vapor" (1).
Recién hoy cuando los ríos y la atmósfera están envenenados la ecología y el respeto a la naturaleza comienza a ser un tema de preocupación para las gentes. Así sucesivamente.
Sería falso y pesimista afirmar que la miopía es inmanente a nuestra especie, es frecuente que muchos se anticipen a los acontecimientos y planteen caminos diferentes. Frecuentemente sucede que no son escuchados o que sus voces quedan ahogadas en el estruendo que produce lo superficial y vacío o lo interesado y venal.
A veces esta capacidad obedece a una intuición para adelantarse a los hechos pero también, reiteradamente, surge de certidumbres nacidas de otras raíces cuyas razones son las del intelecto y el sentimiento.¿Porqué sino, existen desde cientos y aún miles de años pensamientos que hacen especial hincapié en el respeto por la vida de "todo lo que vive", filosofías que formularon la necesidad de vivir en "armonía con la naturaleza" aunque sus fundadores no tuvieran idea de conceptos tales como: "desperdicios nucleares", "agujeros de ozono" o "efecto invernadero".
De allí puede colegirse que dentro de las capacidades humanas si está la de establecer formas adecuadas de existencia y de relación que no sean meras respuestas a los acaeceres circunstanciales, que nada impide imaginar varios mundos posibles, elegir uno de ellos y bregar por su establecimiento con energía y pasión.
Todas estas consideraciones tienen que ver con nuestra actividad, porque somos hombres y por esa razón "nada humano nos es ajeno". Más que una noción escolástica llamada "radioaficionado" (que no debería ser un sustantivo sino tan solo un adjetivo), somos hombres de carne y hueso. Hombres que nacemos y que morimos, que lloramos y reímos, que amamos y odiamos, que al igual que todos los otros hombres buscamos espacios para ser felices tanto como tememos al dolor y la desgracia, y algo más: que soñamos. ESO SOMOS ANTE TODO, y desde esa perspectiva corresponde ver y estudiar este pequeño universo que nos agrupa...
UN POCO DE HISTORIA
Existía una época en que todo, o casi todo, se hallaba al alcance del hombre, del hombre como individuo, de alguien como Ud. o yo, aunque me estoy refiriendo a cierta clase de cosas emparentadas con la ciencia y con los inventos. Una "Edad Dorada" cuya matriz podría situarse en el renacimiento. Una época de nombres propios, o mejor dicho de "Nombres y Apellidos": Galileo Galilei, Isaac Newton, Benjamín Franklin, Guillermo Marconi, James Watt, Alexander Popov. Nicola Tesla. Henry Ford, etc, etc.
Todos ellos se nos aparecen ya como nombres legendarios. Si es así, es tan solo porque la velocidad de nuestra época le imprime a la memoria una peculiar distorsión: La mitad han sido contemporáneos de nuestros abuelos...No son nombres pequeños", sino los nombres de quienes influyeron en la historia de la ciencia y las invenciones a nivel global. Casi todos ellos trabajaban en sus cosas solitariamente o con el auxilio (seguramente limitado) de sus allegados más entusiastas, no obstante sus creaciones fueron considerables y provechosas, a pesar de la limitada disponibilidad de recursos con que solían contar.
Ya más cerca del siglo XX comenzó a coexistir con estos hombres otro grupo (no menos especial) siendo frecuente que alguno del primero revistara en las filas del segundo y viceversa. Personas que, sin llegar a dedicar su vida a esas ocupaciones, que sin destacarse por su visión o genialidad, pero con un entusiasmo y curiosidad que mueve a la simpatía, se abocaban a poner en práctica esos conocimientos para su propia satisfacción, recreación o solaz. Aprendices de brujos que no vacilaban en probar la fórmula de la Nitroglicerina en un fuentón o sensibilizar al Bromuro un papel secante con vistas a obtener una fotografía elemental. No faltaría quien se matara en un frustrado intento por imitar a los pájaros, ni quien pasara a la historia construyendo el primer aeroplano en un taller casero.
Fueron los pioneros, los conquistadores de tierras extrañas e inexploradas. Colonos de un mundo que esperaba ser descubierto y abría sus brazos hasta a los más chambones.
Nuestra radioafición nace en aquella época, arrullada por Carlos Gardel, pero también por el rugido del fascismo en Europa. Nace en un mundo de nombres propios, pero en que millones de "nombres propios" habían ido a parar a una fosa común en la recién apagada hoguera mundial. Nace en una época seria y formalista por un lado, pero bautizada "los años locos", no porque sí.
Creció en un mundo cuyos excedentes productivos ya permitían obtener partes y piezas que hacían posible construir desde un trasmisor, hasta un automóvil de carreras; y los hombres supieron aprovechar de esta ventaja. Una época más provinciana que hasta dejaba tiempo para el Café o la Sociedad de Fomento, para revelar unas fotografías en el cuarto oscuro o armar un receptor en el "tallercito" mientras la Señora cocinaba, la abuela tejía y los chicos iban a la escuela estatal.
Claro que mientras tanto otra guerra mundial vaciaba de risas miles de hogares y millones de judíos (y católicos y comunistas y, etc.) sucumbían en la tecnológica exterminación hitleriana bien aceitada con "Zyklon B" . Un tiempo en que "Bomba atómica" pasaría de ser una palabra técnica, a un agorero y previsible futuro. Un tiempo en que el estalinismo emparedaría a un tercio del mundo mientras el macartismo convertiría a la libertad en una broma, en el otro tercio. (ver nota al final).
Una época fascinante y encantadora, por un lado, pero terrible y salvaje por otro. Esa época, como todas las épocas, signarían los hábitos, las costumbres, los pensamientos, la moral, el sentido de la vida, los sueños y esperanzas, así como los miedos y los prejuicios de quienes les tocó transitarla. Lo que esos hombres hagan, lo que consideren bueno, lo que consideren malo, lo que entiendan que es "el deber ser" de las cosas y las conductas, todo, en suma, está atado con lazos de sangre a su propio sino y, como todos los hombres, de todos los tiempos, los considerarán "valores eternos".
Con todo, los objetos tenían una dimensión humana. Allí estaban, era todo cuestión de desarmarlos "para-ver-que-tiene-adentro". Tiempos que se prolongaron hasta el atardecer del siglo, de cuyo nacimiento son testigos presenciales algunos de esos veteranos que se escuchan en 40 m y que bien vale la pena aprovechar antes de que nos dejen definitivamente solos. A ellos le sucedió una generación intermedia que bebió de esa fuente lo suficiente para quedar definitivamente empapada y enamorada de sus aguas, que vio brillar los filamentos, pero que también los vio apagarse. Muchos entre nosotros pertenecemos a ella, atrapados entre el pasado y el futuro sin atinar a decidir "cuál tiempo es el mejor" en tanto esos recuerdos se entremezclan en un ensueño que reúne al barrilete, al cafetín, a los Perez García, a Radio Colonia trayendo los ecos de "otra revolución" o a un patio con malvones donde un tango giraba a "78" en una vieja "vitrola" y a veces, quizás, en un "Wincofón"...
¿Que esa época ya murió?. ¡Que va!. ¿Cómo ha de morir aquello que conserva la memoria y atesora el corazón?.
Hoy ya no se habla de "Nombres y Apellidos", sino de "marcas", a veces trastocadas por mutaciones genéticas tan inverosímiles como para convertir un apellido en una corporación: Mitsubishi, Mercedes Benz, Ford (no Henry Ford, Ford a secas)...
Tan simple "detalle" es suficiente para mostrar que el eje se ha desplazado hacia otra parte; para bien o para mal, para su gusto o disgusto, y con él se han desplazado los hombres reales y sus intereses. Allí donde estaba la "Canchita", hoy se erige un "shopping center". En el viejo café con Gallego y Estaño, una sala de "videogames".
En aquel Cine Continuado (con número vivo, por supuesto), ¡un garage!.
El patio es ahora el pulmón de ventilación del edificio y los malvones fueron sustituidos por los desperdicios que arroja la señora del 10° "B". Aunque la radio no cedió, fijesé; simplemente cambió a "Los Perez García" por los "Top Hits 93's", adaptación que le dicen...
Y así, sin darnos cuenta, atareados y abrumados por la "liberación", la "represión", la "inflación", la "desregulación" y la "xxx-ción" nos descubrimos en la década del '90 y esta década es distinta de las demás décadas como es distinta la rosa de Antoine de Saint Exupéry de sus hermanas:
Hitler es un mal recuerdo en blanco y negro, "La Bomba" una pesadilla de la que acabamos de despertar. Stalin y el senador Mc Carty blanquean sus huesos en algún apacible cementerio para que otros puedan descansar en paz. Y, aunque seguimos amando a Gardel o a la Piaf, es en el "Compact Player" que nuestros hijos adquirieron para escuchar a los Gun's & Roses. Ya hace 25 años que Armstrong afirmó un pie en la Luna y más de diez que el último y venerable "Hartley" que excitaba a un simétrico push pull de 807 se integró con el cinturón ecológico, reemplazado por un joven handie sintetizado y de material plástico.
Tenemos temores que son diferentes de los de nuestros padres, porque los peligros (reales o imaginarios) también los son, tenemos espectativas que ellos apenas alcanzan a comprender y tenemos responsabilidades que no podemos rehusar como la del desafío que representa esta "aldea global" que impone el satélite o la telefonía celular y que implora el encuentro de nuevas formas de relación que restablezcan el equilibrio con la naturaleza y los demás hombres en una visión holística e integral. Y en verdad que la rapidez de los acontecimientos deja poco margen para los errores o las negligencias. Hoy, nos preguntamos cuál será la ética y la moral de nuestros hijos...
LA RADIOAFICION ESPECIFICAMENTE HABLANDO
En el pasado casi reciente, el rol del radioaficionado en la sociedad era perfectamente claro: proveía a la sociedad de una fuente de comunicaciones alternativa y en muchas circunstancias la única en un territorio vasto y poco poblado, necesidades que iban desde el aviso de un fallecimiento hasta la provisión de enlaces de emergencia cuando una catástrofe natural hacía sentir su rigor. También como un medio de adquisición de conocimientos técnicos necesarios para un país en plena (e hipotética) expansión.
Nuestra historia está repleta de anécdotas como lo están la aeronáutica o la navegación. Si bien no ha tenido nombres de la trascendencia de un Newbery o un Dumas, no por ello puede negarse la participación en episodios provistos de innegables aspectos heroicos. Actividades y aventuras reservadas a quienes tienen la suerte, el honor ¡y el trabajo! de ser los pioneros.
Pero el progreso tenía, tarde o temprano que reservar esa época a los libros de historia, a los museos y a los recuerdos, tal como sucediera con los fortines de la lucha contra el indio y el desierto que ilustrara Don José Hernandez y que existieron ¡apenas cincuenta años antes que el primer radioaficionado irradiara un CQ a los cuatro vientos...!
Así como las duras reglas del gauchaje y el milico de frontera habían de ser reemplazadas por formas más cultas y civilizadas, acordes con la locomotora de vapor y el automóvil, nuestro caro hobby no podía permanecer aislado en una isla atemporal. Poco a poco, la telegrafía era sustituida por la modulación de amplitud y esta, a su vez, por "los patos" que más de un dolor de cabeza producían a los viejos (y no tan viejos) aficionados del "novelero con conversor" y la 807 modulada a reactor.
El cable coaxil primero, los enlaces de microondas luego y finalmente los satélites geeosincrónicos debían necesariamente relegar nuestros equipos a una función secundaria, pues ninguna sociedad se resigna a depender de tan endeble seguridad para su supervivencia o sus negocios. Sin casi darnos cuenta, nuestra utilidad efectiva fue convirtiéndose en un hecho folklórico, tesis avalada por el inocuo martirologio y posterior desaparición de la mismísima "Red de Emergencia Nacional de Radioaficionados", cara a muchos de nuestros corazones.
Queda por ver si aquella fuente valiosa de conocimientos técnicos para un país que soñaba con incorporarse al mundo industrializado (o creía pertenecer a él), mantiene su vigencia. Sostengo que no. Actualmente el país se halla, de hecho, fuera del mundo creador de tecnología y la "experimentación y aprendizaje" es de una naturaleza tan superficial que está incapacitada para hacer aportes serios a la sociedad.
No estoy afirmando que sea inútil ni indeseable, por el contrario insinúo que TODA fuente de experiencia vital es ventajosa para quienes la practican, lo que si estoy diciendo es que no cumple roles de importantes en el desarrollo científico, ni tecnológico ni industrial y, aunque era de esperar que surgieran de nuestro seno nuevos descubrimientos o maravillosos inventos, ellos jamás vieron la luz más que en nuestra propia y legítima ensoñación, porque, reconozcámoslo, la tecnología de la radio hace tiempo que superó al aficionado medio, con sus microcircuitos, con sus lazos de enganche de fase triplemente realimentados y sus enigmáticos microprocesadores...La vida continúa con su curso inexorable y prosigue en busca de su propio destino. Debemos tener el coraje de reconocernos a nosotros mismos como lo que realmente somos: un teléfono de magneto y bocina que lucha desesperadamente por no perder el lugar que le reclama, con justicia, un minúsculo artefacto digital, comercial y celular.
Zaratustra bajó feliz de la montaña para llevar su noticia a los hombres, pero a mi, estimado lector, no me place decirle que aquella radioafición ha muerto y que hoy no sabemos que hacer con tan extraño cadáver. Porque ni soy Nietszche ni soy capaz de enterrar a mis propios dioses.
Por eso conviene reflexionar sobre el modo en que se presentan los cambios y cómo preservar lo valuable de las formas antiguas, dando cabida a las nuevas, de manera prudente e inteligente, porque es sabido que cuando las viejas formas de relación se convierten en obsoletas, la presión por su sustitución va en continuo e incesante aumento. Corresponde a los hombres sabios reconvertirlas de la manera menos traumática posible.
La Revolución Francesa obtuvo su modo republicano y democrático con las cabezas de su nobleza rodando al pie de la guillotina, en contrapartida y hasta hoy, Inglaterra conserva a los reyes y toda su nobleza con sus títulos intactos, conformando también una democracia parlamentaria. Toda vez que una especie en la naturaleza resulta incapaz para establecer las adaptaciones necesarias, sucumbe inexorablemente y toda vez que una costumbre se interpone en el avance de los pueblos, estos simplemente la descartan, más tarde o más temprano, con violencia o sin violencia, pero con la misma seguridad con que el día sucede a la noche.
Pero no es extraño encontrar en la historia de las instituciones ejemplos de una supervivencia que excede el marco de su necesidad real, tal como el ejemplo del reinado en Inglaterra; cuánto más probable si esa supervivencia queda justificada por nuevos y actualizados servicios a la comunidad que le da el sustento moral y material.
Cito textualmente un párrafo del libro "Podrá sobrevivir el hombre" de Erich Fromm:
"Y aquí surge un segundo interrogante: ¿qué es lo que hace viable una sociedad, permitiéndoles adecuarse al cambio?. La respuesta no es sencilla, pero es claro que, por sobre todo, la sociedad debe ser capaz de discriminar sus valores primarios de sus valores e instituciones secundarios. Esto es difícil en razón de que los sistemas secundarios engendran sus valores propios, que llegan a parecer tan esenciales como las necesidades humanas y sociales que le dieron el ser. A medida que las vidas de la gente va entretejiéndose con las instituciones, organizaciones, estilos de vida, formas de producción y de consumo, etcétera, los hombres van adquiriendo la voluntad de sacrificarse a sí mismos y a los otros en homenaje a la obra de sus propias manos, de transformar sus propias creaciones en ídolos y de adorar esos ídolos. Hay algo más: las instituciones generalmente resisten al cambio, y de ahí que los hombres plenamente consagrados a esas instituciones no son libres de anticiparse al cambio. El problema para una sociedad como la de nuestros días consiste, pues, en si los hombres pueden redescubrir los valores humanos y sociales básicos de nuestra civilización y retirar su fidelidad, por no decir su culto, a aquellos valores institucionales (o ideológicos) que se han convertido en obstáculos.
(fin de la cita)
Si pretendiéramos mantener nuestros privilegios sin una buena razón, no sería extraño que termináramos perdiéndolos. Más aún, si no somos capaces de encontrarle un sentido más profundo a nuestra actividad tampoco sería extraño que terminemos abandonados en la soledad de lo inútil y superfluo, sin mérito ni virtud alguna. Es posible que una situación semejante satisfaga a algunos espíritus mediocres o inmaduros que no aspiran más que a hacer uso de sus juguetes caros en un dilettantismo comprensible, mas no responsable; como si teniendo alas para volar se contentaran con arrastrarse...
Qué respuesta tendría esta pregunta: ¿quién desea tener a un radioaficionado en su edificio o cuadra?
Nuestros vecinos tiemblan an