MEMORIES
(1992)

Por Miguel R. Ghezzi (LU 6ETJ) 
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La brisa del atardecer de deslizaba perezosamente por la vegetación que rodeaba el antiguo laboratorio de arqueología. La rojiza luz del Poniente inundaba el pequeño gabinete universitario a través del ancho ventanal. Antol se acomodó para recibir a los estudiantes que habían solicitado urgente audiencia.

-Estos estudiantes...- se dijo a si mismo. -Para ellos cualquier pequeño hallazgo por insignificante que sea se convierte en un gran descubrimiento y hay que anunciárselo al viejo profesor. ¡Como si ya no tuviera bastante con corregir montañas de trabajo atrasado...!-

-Antol- anunció Del, su ayudante -los jóvenes ya están aquí.-

-Hágalos pasar por favor. ¿Son muchos?-

-Diez o doce- respondió Del con desgano.-

-Hágalos pasar a todos, entonces...-

Los estudiantes fueron ingresando de a uno en la pequeña sala que el profesor dedicaba a sus asuntos académicos. A medida que se acomodaron fueron acallando lentamente el murmullo de sus excitados comentarios. Al verlos así, jóvenes y desmañados, inquietos y bulliciosos, no podía dejar de recordar sus tiempos de estudiante, sus sueños de grandes descubrimientos que, como sucede en la mayoría de los casos, solo llegaron a ser del tipo que suele llenar páginas y páginas de esas publicaciones especializadas que se remiten a las bibliotecas universitarias y que terminan por engrosar viejos y mohosos archivos apenas clasificadas.

-Tal vez ellos tengan más suerte- pensó mientras se acomodaba para oír la novedad.

-Buenas tardes profesor- dijeron varios a la vez.

-¿Qué los trae a visitar a su viejo maestro?- inquirió.

Se miraron entre sí preguntándose quién comenzaría... Uno de ellos se adelantó y dijo:

-Profesor Antel...-

¿Cómo te llamas?- preguntó.

-Elgar, señor.-

-Bien, ¿Qué los trae tan apurados por aquí?-

-Creemos haber hallado algo muy importante y no sabemos como manejarlo debidamente, señor.

-Bueno, ¿De que se trata esta vez muchachos?. Supongo que no se tratará de una broma que le están jugando a su viejo maestro, ¿verdad?.-

Elgar se revolvió incómodo y avergonzado, pensando que quizás se había apresurado demasiado al tomar la palabra primero, después de todo era bien conocido por sus extravagancias y su insaciable afición a los bromazos estudiantiles.

-Es que estamos seguros que esta vez hemos encontrado algo grande, algo con lo que ni siquiera imaginamos que nos toparíamos al iniciar los trabajos, señor...

-¡Vamos cuéntenme, cuéntenme que me muero por saberlo!- Respondió en tono de complicidad.

-Ud. recordará que el trimestre pasado decidimos realizar excavaciones en el glaciar, en busca de restos vegetales que se hallaran bien conservados para el trabajo práctico de fin de año...

-Si, si, prosiga.

-En realidad no esperábamos hallar gran cosa, de manera que desganadamente comencé a excavar en la capa de nieve que cubre el hielo para ver si cerca de la superficie hallaba algo que me evitara luchar con el hielo duro. Removí una amplia superficie sin éxito. Ya estaba a punto de buscar en otro lugar cuando, por casualidad, noté una gran mancha oscura que parecía recortarse sobre el fondo blanco grisáceo del glaciar en la zona que habían despejado. Bien podía ser alguna mezcla de hielo con material aluvional, pero me llamó la atención el hecho que parecía un rectángulo muy bien definido. Tuve suerte pues si la construcción se hubiera hallado en una posición distinta de la horizontal, tal vez no me habría detenido a prestarle atención al no presentar una perspectiva tan nítidamente extraña. Observando con cuidado me sorprendió que los ángulos de la mancha fueran tan exactamente rectos. Eso presupone una construcción inteligente. ¡Imagínese!. Eso debía estar enterrado en el hielo desde hace siglos. Corrí para avisarle a mis compañeros quienes concluyeron al igual que yo que valía la pena intentar llegar hasta ese bulto oscuro...-

Antel se reclinó hacia adelante, evidentemente interesado

-Ud sabe que se han encontrado algunos fragmentos de extrañas sustancias en otras excavaciones...

-¿Trajo el objeto, Elgar?. Inquirió ya un poco más entusiasmado.

Había oído hablar de ese tipo de hallazgos, pero siempre consideró que eran, o bien chascos malintencionados, o simples conjeturas pues esos objetos nunca llegaban a los centros de investigación.

-¡Oh, no!. No lo hemos traído. ¡Es muy grande!. Cuando pedimos la audiencia con Ud. acabábamos de alcanzar un pequeño lugar de su superficie, pero bastó observarlo para convencernos que era indiscutiblemente artificial. En este momento hay unos treinta estudiantes trabajando con muchísimo cuidado para no dañarlo.-

-¿Puede describirlo?-

-Verá, parece un paralelepípedo de grandes dimensiones construido con un material que nos resulta totalmente desconocido a primera vista, pero que estamos seguros es artificial. Además su forma revela una perfección de líneas que descarta cualquier posible origen natural. Los vértices integran una terna perfectamente ortogonal, aunque ligeramente redondeados. Su superficie es pulida y brillante, de color negro y sus enormes proporciones indican una tecnología muy desarrollada.-

Antel percibió una sensación que no recordaba haber tenido en años. Esa mixtura de ansiedad y emoción que produce el hallarse frente a lo desconocido y portentoso. Si lo que aquél estudiante contaba era cierto estarían frente a un descubrimiento maravilloso. Un descubrimiento de aquellos que cambian el rumbo de la historia del conocimiento. El hecho de encontrarse enterrado en el glaciar hacía suponer inmediatamente cientos de miles de años de antigüedad. El hecho de tener una forma geométrica tan precisa inducía a pensar en una cultura y el hecho de no ser de barro, piedra, madera o metal abría fronteras desconocidas, ¡inimaginables! ¿Pero si a pesar de todo fuera una chanza...?.

Decidió no dejar que el entusiasmo le tendiera una trampa de manera que, tranquilamente, simulando el aplomo de quien está acostumbrado a manejar situaciones trascendentes y de extrema importancia. Envío a un joven en busca de su ayudante con el recado de aprestar su vehículo para una corta salida.

-Vamos ya mismo a ver ese extraño objeto. ¡Y de esto, ni una palabra a nadie, hasta no tener más información!. Elgar, guíeme hasta ese lugar y que los demás estudiantes nos sigan. ¡Del, revise si el laboratorio de campaña está dispuesto para enviarlo al lugar, en caso de necesidad, antes del anochecer y por favor, ¡no haga comentarios...!

El profesor y algunos estudiantes se acomodaron como pudieron en el achacoso vehículo particular del profesor y partieron hacia el lugar. Cuando arribaron se acercó un grupo visiblemente excitado. A cierta distancia se hallaba la extraña construcción tal como se la habían descrito. No solamente era enorme sino que indudablemente había sido creada por alguna civilización perdida en los confines del tiempo. No podía ni imaginar que clase de seres habrían podido emplazar allí la extraña estructura. De lo que estaba completamente seguro era que quien hubiera creado "eso", no solamente era inteligente sino poderoso. Algunos estudiantes daban muestras de algún temor. Luego de la euforia del hallazgo, se encontraron de cara a una realidad que sobrepasaba los límites de la imaginación. El temor a lo desconocido había hecho su antigua mella y el nerviosismo era francamente inocultable. Unos pocos querían abandonar el lugar lo más rápidamente posible, perseguidos por agoreros pensamientos. Antel se daba perfectamente cuenta que se trataba de un descubrimiento único e incomparable, ello hacía que procurara con todas sus fuerzas aprehender la trascendencia e implicaciones del hecho.

Observaba la gigantesca construcción como quien paladea lentamente un exótico manjar para no perder el más mínimo y sutil sabor. Finalmente decidió acercarse y lo tocó casi con reverencia. Su superficie lisa y brillante era cálida, no metálica. Su perfecto estado de conservación no le extrañaba porque la temperatura del glaciar preserva casi cualquier cosa del tiempo y pueden pasar miles de años sin que se produzcan deterioros notables. Para ese entonces ya había caído la noche y tanto el frío como la densa negrura nocturna obligaron al abandono momentáneo de las investigaciones. Decidió que era conveniente descansar para efectuar con las primeras luces del día comprobaciones más exhaustivas. Dio instrucciones a un grupo de jóvenes para que armaran su tienda de campaña y se retiró a meditar.

-Buenos días profesor- escuchó en su letargo. Lentamente despertó y comenzó a recordar los hechos del día anterior que incidentalmente le parecieron producto de un extraordinario sueño.

-¿Es Ud. Elgar?-

-Si, señor. Le he traído algunos alimentos. Los demás hace algún tiempo que prosiguen con la remoción del hielo pues ya casi es mediodía. Nos hemos tomado la licencia de solicitar a su ayudante, en su nombre, una excavador neumático para retirar lo más grueso; además hemos instalado pantallas de manera que los rayos del Sol se concentren en la construcción para derretir la capa adherida y no correr el riesgo de lastimar la superficie. Confiamos que en tres o cuatro horas más habremos despejado el terreno, además ya llegó su laboratorio y una cuadrilla de obreros provistos de elementos de apoyo que están a sus órdenes-

Al salir de su tienda, pudo observar a plena luz el objeto. Se distinguía claramente un paralelepípedo de generosa base respecto de su altura. Su color, negro intenso, fulguraba con asombrosas reberverancias por el ángulo de incidencia de los rayos solares. Las pulidas paredes mostraban extraños signos dorados con formas incomprensibles que seguramente tenían para sus creadores algún significado. En su parte superior había signos evidentes de una unión o junta. Ordenó a los obreros que improvisaran una tarima para examinar de cerca la posible unión. Cuando estuvo lista y trepó a ella tuvo oportunidad de examinar la fina línea que no dejaba dudas acerca de la superposición perfectamente homogénea de piezas que posiblemente permitiera acceder a su interior. Bajó y dió instrucciones para que intentaran calzar algunas cuñas en la ranura intentando, mediante aparejos, despegar las partes.

Los intentos fueron infructuosos. Los obreros no ponían el empeño y la voluntad necesarias, daban vueltas y más vueltas, presentaban todo tipo de excusas para justificar su evidente e intencional fracaso y demorar las cosas hasta el infinito. Antel supo que tenían miedo, mucho miedo... más que el que produce cualquier trabajo peligroso. Ese miedo pegajoso y frío que los ominosos y oscuros horrores provocan en las mentes supersticiosas y simples.

Entre demora y demora, la noche, poco a poco volvió a desplegar su negra gasa salpicada de diamantes. No tuvo más remedio que suspender nuevamente los trabajos. Ya bien avanzada la hora, bajo la suave y brillante luz de la luna que alumbraba el campamento, se reunieron todos a discutir los pasos a seguir el día siguiente.

-¿Qué cree Ud. que sea el objeto?, preguntó uno de ellos.

-¿Quién lo construyó?, preguntó otro.

-¿Para qué?, replicó un tercero.

-¡Calma muchachos, no puedo contestar a todos a la vez...! ¡Ni siquiera puedo dar respuestas a sus preguntas! Tan solo podemos intentar algunas conjeturas, al menos hasta que podamos acceder a su interior y obtener datos que nos permitan comprender mejor su finalidad...

-¡Extraterrestres!- Aventuró Delter, uno de los más jóvenes del grupo. -¡Lo han construido extraterrestres...!

-¡No!. No es necesario aventurar hipótesis extravagantes. En principio debemos suponer que pueda ser una obra de nuestros antepasados remotos, aunque sinceramente, lo dudo...-

-¡Los Antiguos, entonces!, volvió a replicar Delter...-

-¿Y qué piensa Ud. que sean "Los Antiguos", joven?- inquirió el profesor.

-Ud. sabe. Cosas que se dicen. Cuentos de viejos. Mitos arcaicos. En las noches oscuras, cuando establecemos campamentos algunos profesores nos relatan historias inquietantes que a su vez les fueron contadas en sus tiempo de estudiantes. Claro, luego afirman que no son más que patrañas, pero a esa altura ya nadie quiere alejarse del calor y la luz del fuego.-

-¡Bueno, bueno!. Evidentemente nuestro joven amigo parece ser un experto en los temas del misterio y lo sobrenatural, ¿Porqué no ilustra a sus compañeros acerca de sus conocimientos al respecto...?- Inquirió condescendientemente Antol. También él recordaba en su juventud esas noches de misterio y temor abrochadas de incertidumbres, de alusiones, de veladas frases a medio decir. Pensó que era una interesante oportunidad para rememorar viejos días, aunque... bien sabía que en el ambiente académico ciertos temas eran un Tabú que solo bajo el piadoso manto de la ingenuidad podían comentarse abiertamente.

El estudiante se sintió turbado, con la impresión de estar a un paso de hacer el ridículo delante de sus compañeros. Comenzó a tartamudear, pero Antol lo alentó a proseguir con su relato. Delter se compuso y continuó:

-Es posible que lo que les narre, alguno ya lo habrá oído alguna vez. Ustedes saben, yo nací en las montañas del Oeste. Nuestra gente ha echado raíces en esos parajes desde tiempos inmemoriales y las tradiciones cuentan con centenares y, según afirman los más ancianos, miles de años... Las historias han sido contadas una y otra vez por generaciones hasta donde podemos recordar y en nuestra tierra se escuchan con respeto.

-Dicen que en tiempos muy remotos existió una extraña raza, dueña y señora del planeta, que poseía poderes inimaginables superados únicamente por su iniquidad. Seres de naturaleza monstruosa y de innominable perversidad. Su naturaleza era tal que, de haberlo Dios permitido, es probable que jamás estuviéramos aquí contando historias pues no hubieran tolerado nuestra existencia. A estos seres los llaman, al menos en mi comarca, "Los Antiguos". Su sola mención es una obscenidad y aterra a los pastores que siempre llevan consigo amuletos para conjurar los terribles males que, ellos creen, se hallan encerrados en lo más profundo de la tierra. Se mencionan monstruosos sacrificios y persecuciones interminables con las que se deleitaban asesinando y destruyendo a nuestros padres ancestrales. Se afirma que su crueldad era infinita a la hora de matar. Comunidades enteras eran ahogadas, quemadas, asfixiadas o destruidas una a una en salvajes y deleznables prácticas. ¡Sus propias crías disfrutaban eliminándonos y torturando a los nuestros, sin piedad! No había refugio seguro pues habitaban todos los lugares. En los cielos, en lo más profundo del mar, en las entrañas de la tierra. Todo lo dominaban. Su ferocidad cuando daban a acometerse entres sí, no era menor.-

Un silencio glacial fue la única respuesta a las palabras de Delter. La sombra recortada de la negra construcción iluminada por los pálidos rayos de la Luna, a solo pasos de allí, comenzaba a tomar un sesgo hostil. Su extraño brillo hacía evocar agoreros presagios en la mayoría de los asistentes. Antel se deleitaba escuchando, pues su temperamento científico desarrollado en tantos años de actividad se sobreponía ante todo. ¡Conocía bien esas historias!. Su curiosidad en ese sentido era lo más natural en un arqueólogo, pero de allí a creerlas había una gran distancia: la distancia que siempre separa el mito de la ciencia, distancia que no se puede medir porque sus mismas unidades son desconocidas...

-Dígame, joven, que aspecto tenían esos... "Antiguos"-

Apremió al estudiante, sabiendo que esa era la mejor parte; la que hacía revolverse de terror a los más mojigatos...

-Dicen que en su enormidad, eran repulsivos y que estaban cubiertos por una capa fláccida y tumescente que destilaba una pestilente sustancia siempre presente en sus cuerpos inmensos y pegajosos. Los lugares por los que pasaban quedaban impregnados de un hedor pútrido e infecto que invitaba a alejarse de allí a paso veloz. Estos abominables engendros solo podían ser producto del maléfico taumaturgo de las profundidades, de la esencia del mal por antonomasia y solo por gracia de los dioses tuvieron el castigo merecido a sus iniquidades.

-Pero, ¿eran seres inteligentes?-, preguntó alguien tímidamente.

-Inteligentes y astutos, pero con la inteligencia y astucia del maligno. No eran sabios, porque la sabiduría se orienta hacia la vida y el bien. Dominaban las fuerzas del universo, pero esas mismas fuerzas terminaron por destruirlos, por borrarlos de la faz de la Tierra para siempre aunque...-

Hizo una pausa mientras bajaba su mirada con vergüenza y pesadumbre.

-...aunque algunos de los nuestros, se reúnen ciertos días del año para rendirles infernales cultos a la espera que resuciten de las profundidades, pues también se dice que los más poderosos se encuentran encerrados y duermen en las montañas un sueño de siglos hasta que por fin se produzca el conjuro que les permitirá reconquistar sus antiguos dominios. En ese día comenzará de nuevo la persecución de nuestra raza, pues su odio y desprecio por nosotros está en su naturaleza.

-¿Porqué desaparecieron-, inquirió otro.

-Hay quienes creen que Dios se cansó de tanta iniquidad y envió el fuego del cielo para destruirlos; otros, que providencialmente la naturaleza se encargó de liquidarlos con grandes cambios cósmicos en lo que el Sol los calcinó con sus rayos. Las tradiciones de los pueblos marinos cuentan que un inmenso cataclismo se abatió sobre el mundo y por miles de años las aguas cubrieron el planeta para ahogar finalmente a estas bestias ignominiosas por los siglos de los siglos, en una catástrofe gigantesca. Que sus ciudades fueron hundidas bajo las embravecidas olas del océano y allí se encuentran aún. Que luego sucedieron muchos año de oscuridad donde el Sol dejó de brillar terminando de amortajar a esta raza corrupta de seres degenerados y perversos.-

Delter, se detuvo a pensar ante la mirada absorta de sus compañeros. Se admiró de su propia elocuencia que le produjo una sensación de confuso embarazo. Sus palabras habían caído sobre los participantes como un chaparrón de verano. La tensión de su exposición se verificaba en el silencio que siguió a continuación. El pobre estudiante no pudo proseguir. De pronto sintió todo el peso de ancestrales terrores sobre si y se derrumbó... Antel rompió el denso silencio.

-¡Interesante!, yo nunca lo habría expresado con la misma fuerza. Ciertamente he oído esas viejos historias, mitos, si se quiere; pero nos encontramos de lleno frente a temores atávicos; temores que están enraizados en nuestra cultura desde tiempos inmemoriales. Algunos estudiosos de la mente lo atribuyen a ecos instintivos, genéticos quizá, de experiencias primitivas y preracionales. Experiencias que trasladadas a nuestras emociones conscientes se expresan mediante fantasías... Pero aún así les diré que ciertos indicios hacen suponer que no son solamente caprichosas construcciones de la imaginación...-

-¿Es que es cierto lo que cuenta Delter?- Interrogó uno de los jóvenes.

-¡Vamos, vamos!, decir que es cierto es aventurar demasiado hijo mío, pero negar totalmente la validez de historias que han existido desde que tenemos memoria, no lo es menos... Hay cuestiones que pareciera que no cierran en nuestra cosmogonía. Ciertas oscuras evidencias. Ritos comunes a distintas regiones. Restos inexplicables que parecen haber tenido una finalidad y de los que aún hoy no podemos ofrecer una razón o función convincente. En ciertos lugares y condiciones individuos que evidencian capacidades síquicas extraordinarias perciben ecos que los aterrorizan y se asemejan a esas historias. ¿Coincidencia? ¿Sugestión previa?. Aún nos falta mucho por aprender. Aquí mismo frente a nosotros se halla un misterio para el cual no tenemos explicación alguna. Un objeto del cual nada sabemos. ¿Quién sabe que secretos encierre en su interior?. Sé que debo enfrentarme a él con la luz de la ciencia, pero temo que lo que allí hallemos no nos guste. No sé... Tal vez lo mejor sea despedirnos hasta mañana y no dejar que nuestra imaginación nos impida conocer la verdad. ¿Están de acuerdo?

Se miraron entre si como quien espera una respuesta definitiva, segura; la respuesta tranquilizante que mitiga la inseguridad y la aprensión. Pero no llegó. Antel se dirigió a su tienda cansinamente. Poco a poco y con desgano, el grupo se fue disgregando ya avanzada la madrugada.

El día siguiente despuntó con un cielo limpio y brillante, cálido a pesar del frío natural de los hielos eternos. La nieve clara y el suave rumor del viento contrastaba con el imponente objeto negro que, luego de la conversación de la noche anterior, se percibía disonante, fuera de lugar, no perteneciente a ese entorno pacífico y agradable. Ninguno de los obreros se presentó a trabajar en la excavación, cuando Antel averiguó la razón se le informó que algunos habían renunciado a sus puestos, que otros habían dado partes de enfermedad y el resto simplemente no volvió. El percance echaba por tierra los planes para destrabar la junta de la parte superior. Intuyendo las razones de la deserción sabía que difícilmente hallaría personal calificado, especialmente cuando la noticia del extraño hallazgo se difundiera. Además, puesto que siempre existía el riesgo de que algún material orgánico contenido en el interior comenzara a descomponerse sin la protección de la gélida y milenaria agua, la situación empeoraba aún más. Podrían perderse para siempre datos importantísimos.

Anteriormente había taladrado un pequeño orificio en una de las paredes (que no resultó demasiado dura) e introducido en ella una pequeña sonda para verificar la atmósfera de su interior, esta sonda solo reveló la presencia de la combinación de gases usual del aire normal, con alto contenido de dióxido de Carbono. Al menos, si encontraba una entrada no haría falta equipo especializado con el que no contaban.

Recorrió minuciosamente las gruesas paredes en busca de una entrada disimulada sin hallarla. Finalmente optó por practicar una abertura para llegar al interior desde la base, la que restaurarían convenientemente más tarde. Les llevó cerca de tres horas cortar un rectángulo por el que pudieran introducirse de a uno. Cuando estuvo listo se dispuso a ingresar. Se dirigió a Delter y Elgar.

-¿Serían Uds. los primeros en acompañarme para averiguar qué secretos encierra la construcción?-

Ambos se miraron tratando de darse mutuas fuerzas para decir que no, pero no lo hicieron y aceptaron más por vergüenza que por decisión heroica. El profesor encendió su linterna y fue el primero en ingresar a la construcción. Otros dos jóvenes se ofrecieron para integrar la expedición, pero el profesor no quiso arriesgar a nadie más, de modo que el resto quedó fuera, hasta nueva orden.

El lugar estaba totalmente a oscuras. El aire era rancio y opresivo. Antel se arrepintió por no observar uno de los requisitos elementales de su profesión que prescribía un razonable período para permitir la renovación del aire pero, en este caso, la curiosidad superaba a su prudencia. Ordenó a sus acompañantes que lo siguieran sin apartarse, recorriendo sus mismos pasos. Cuando sus ojos se fueron acostumbrando a la oscuridad, el ambiente se hizo se hizo más agobiante aún. El nauseabundo olor que despedía la caja no cedía en lo más mínimo, como si estuviera saturada de él. Su fetidez se identificaba perfectamente con el relato de la noche anterior y una sensación repleta de nefastas sugerencias fue apoderándose de ellos. Solamente el profesor seguía dando muestras de una curiosidad más allá de todo temor.

Las sombras fantasmales producidas por las lámparas danzaban locamente al ritmo del terror de quienes las portaban. Odiosos crujidos se dejaban oir aquí y allá. Antel sorprendió a Delter efectuando signos cabalísticos, signos que sus ancestros habían repetido por generaciones para ahuyentar al mal. Signos que, de ser ciertas sus aprehensiones, de nada servirían, por axioma...

Cuando hubieron avanzado una cierta distancia, pudieron divisar un tabique del mismo material que el resto de la construcción al que comenzaron a rodear cautelosamente. Minutos después se hallaron ante una extraña y gigantesca maquinaria apenas discernible por su gran tamaño y la mortecina luz de las linternas. Su aspecto inspiraba infaustos pensamientos. Las enormes dimensiones enmudecieron a los participantes de la expedición cuya ansiedad estaba alcanzando límites insostenibles. Las sombras multiplicadas por las piezas del ingenio se proyectaban en las lejanas paredes de la construcción contribuyendo a acentuar el desasosiego. Fueron, de a uno, acercándose hasta la extraña e imposible maquinaria. Enormes y afiladas púas se hallaban incrustadas en una especie de tanque gigantesco cuyo contenido era inimaginable. Sobre su base cubierta por una leve capa herrumbrosa se advertían unas extrañas piezas de longitud progresivamente creciente que finalizaban sobre el lado izquierdo del lugar y se hallaban bastante encima de sus cabezas.

-¡¡¡Profesor!!!-, gritó Delter con urgencia. El grito sobresaltó a todo el grupo.

-¡Profesor observe!

-¿Qué hay Delter?-

-¡La brújula se ha vuelto loca!. La traje conmigo por casualidad y ahora veo que su lectura se ha desquiciado. La aguja apunta hacia arriba ...-

-¡Permítame ver !... Mmm, tiene razón, un potente campo magnético parece provenir de la parte superior del mecanismo, pero después de todo no sabemos cual sea su finalidad. ¡No toquen nada ni se apoyen sobre objeto alguno!. Sigan mis pasos sin dejar de tomar notas de lo que observen...-

Pronto se encontraron rodeando el indescifrable engendro, atemorizados y confusos. El aire viciado del lugar, el pánico que se había apoderado de ellos, la certeza de hallarse frente a una monstruosa aberración pergeñada por quién sabe qué espantoso y apocalíptico ser, melló el aplomo de los jóvenes hasta el punto en que Delter no lo pudo soportar. Comenzó a huir despavorido.

-¡Delter! ¡¡¡Delter, deténgase!!!- Aulló el profesor. Demasiado tarde. Delter en su loca carrera tropezó con una pieza del mecanismo y desencadenó a la bestia. Un horrendo chirrido atronó el lugar. El pérfido sonido anunció la puesta en marcha del grotesco artefacto. Antel se vio arrastrado por una de las infames púas hacia las enormes lenguas oxidadas. Su pequeño cuerpo enganchado en ella comenzó a ser desmembrado, al trabarse en esa parte del mecanismo. Se retorcía frenéticamente. Sus gritos desesperados fueron acallados por el tañido atronador, apenas apagado en su pasaje por la pieza que destruía salvaje e insensiblemente sus frágiles extremidades. Elgar también fue arrastrado al intentar salvar a su viejo maestro y, junto con otro tañido alucinante, corrió la misma suerte del pobre viejo. El pavoroso e infernal sonido se repetía una y otra vez con una inexplicable cadencia mientras los mutilados cuerpos pataleaban atrapados por las descomunales y asesinas lanzas.

Toda la estructura vibraba a cada tañido como si fuera a saltar en pedazos. Al terminar de describir una circunferencia precisa, la criminal maquinaria terminó por arrojarlos, ya lisiados y semidestruídos. Las espantosas vibraciones seguían creciendo a medida que el monstruoso artificio se recuperaba de siglos de postergada actividad. Casi sin fuerzas ya, arrastrándose y arrastrando al profesor, Elgar pudo alcanzar la salida y la luz. Afuera todos habían huido diezmados por el pánico. Elgar pedía auxilio, más nadie tuvo el ánimo para acercarse a ayudarlo. El retumbar atronador de la máquina despertada de su milenario letargo proseguía sin cesar augurando, quizás, el renacimiento de la perdida raza que había sido dueña y señora de su tierra...

Ese día todos comprendieron que Los Antiguos se habían dejado oir nuevamente, que reclamaban su lugar en este mundo. Que no dejarían que su espíritu quedara enterrado para siempre, en los confines del tiempo...

EPILOGO

El sonido de la máquina se fue acallando una vez más como tantas otras veces lo había hecho y algunos se animaron a acudir en ayuda de los infortunados que habían sobrevivido milagrosamente al incidente, aunque vivirían el resto de sus vidas con el doloroso recuerdo de aquel día.

Pasarían muchos años para que alguien lograra descifrar la extraña finalidad del ignoto artefacto. Recién entonces otro profesor, tal vez, descubriría el significado de los rasgos escritos en un enorme trozo de papel hallado en su interior. Lo que nunca podrían averiguar era el sentido de las melodiosas notas de la dulce canción que desgranaba, lentamente, la cajita de música que atesoraba en su interior un par de aritos y una esquela que decía:

¡¡¡Feliz cumpleaños, María Luz...!!!


Notas del autor:
Dr. Antel y discípulos: Hormigas inteligentes de un lejano e imposible (¿Imposible?) futuro.
María Luz: Mi hija que acaba de cumplir sus quince años (1992)  y le han regalado la "monstruosa" cajita de música que toca "Memories".
Intención: Entretenerse y juzgar nuestra imagen y semejanza con Dios con ojos un poco más críticos. Lograr un uso menos cruel del Gamexane y el Hortal... (contaminan).
Agradecimiento: Al gran H. P. Lovecraft (salvando las distancias), quien supo hacerme sentir miedo cuando dejaron de asustarme Drácula y Frankenstein.

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