500 Años
(1.993)

Por Miguel R. Ghezzi (LU 6ETJ)
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¡74 años...! Parece mentira como pasa el tiempo. Observo mis manos arrugadas y temblorosas... Resulta extraño comprender que esta, mi propia vida, este llegando a su fin. También yo creía que los viejos se sentían viejos cuando eran viejos; ¡tonterías!, uno es siempre uno desde que adquiere conciencia, el resto es solo un viaje en un tren con terminal: se sabe cuando se está por llegar a ella pero no hay edad, solo estaciones que recordamos haber transitado.

Me siento frente al teclado con ese mismo humano, extraño y eterno impulso, común a mi ignoto antepasado, ese que le hiciera imprimir la huella de su mano en una roca como si en ese acto la tendiera a hombres que nunca conocería. Tal vez sean los 74 años, estos atardeceres melancólicos, la lectura de los viejos libros o la ausencia de nietos que con sus grititos den nueva vida al cansado Sol.

Siento tristezas que no son mías y mis propios recuerdos se entremezclan con ecos de lejanos tiempos que jamás viví. No sé...

Puede que me entristezca el saber que hace mucho tiempo los viejos experimentaban su renacer en las nuevas generaciones encontrando algún gozo en la aceptación del propio fin.
Uno siente así cuando ve que el futuro es un tiempo que solo le es dado conjugar a otros...

Durante muchos años alimenté esa ansiosa, cruel e inútil esperanza; la misma que sostiene a quienes agonizando sus hijos esperan en vano que algo les devuelva la salud perdida. Pero el mes pasado los del Gobierno decidieron, finalmente que no podamos seguir fabricando las máquinas y artefactos que constituyen nuestra fuente de subsistencia, y hasta esa loca esperanza perdi.

Ellos afirman que nuestra tecnología no garantiza la eliminación total de los protovirus en la estructura microcristalina de los semiconductores y se corre peligro de que en algún embarque de souvenirs se contaminen los demás mundos. No sé...

Al enterarme de la disposición (¿o debería decir sentencia?) solo atiné a refugiarme en mis añosos archivos de profesor de historia. Es reconfortante ingresar a las viejas bases de datos multimediales y recordar aquellos gloriosos días; olvidarse un poco de la tristeza de este presente que solo pareciera tener a la muerte como finalidad de la vida. Recuerdo mi deleite de antaño cuando descubría a los jóvenes los registros CD-ROM contienendo antiguas películas del siglo XX, o les hacía escuchar música de Glenn Miller, Los Beatles o Queen’s. Siempre me resultó llamativo que una de las favoritas fuera justamente, «ET»...

Pero hoy ya son pocos los jóvenes. Cuesta trabajo imaginar esas enormes ciudades de las películas; es como si algún viejo historiador pícaro se hubiera dedicado a adulterar los datos. ¡5000 millones de habitantes!. 5000 millones no pueden convertirse en tan solo 200.000 en tan poco tiempo. ¡Manipulación genética! dicen algunos.

La semana pasada había mucha gente contenta cuando los del Gobierno dijeron que no debíamos asustarnos por la decisión que habían tomado y que ya estaban ocupándose del asunto en la Capital de la Confederación. En 74 años uno sabe cuánto vale una promesa de políticos, pero la alegría es contagiosa...

Ellos insisten en que debemos tomar cursos de control sicoplasmático para integrarnos adecuadamente al intercambio estelar, pero ¿Cómo explicarles que no nos resulta tan fácil?. ¡Nuestra cultura se desarrolló durante 6000 años con medios tan diferentes!, medios que mal o bien permitían el progreso y dejaban avizorar una época de bonanza con los desarrollos de la inteligencia artificial, la robótica y la explosión de los sistemas de comunicaciones integrados.

Pero ellos llegaron con su sicoconformadores, con sus trasmutadores astrales y todas esas herramientas espirituales que poseían...

Al principio nosotros también creíamos que era mágico sentarse frente a una brillante piedra y obtener cualquier objeto que deseáramos con solo realizar el entrenamiento espiritual necesario. No niego que sea mejor, pero sospecho que nuestros sacerdotes, pastores, rabinos, chamanes y demás intuían el futuro cuando afirmaban que no era bueno para el hombre toda esa parafernalia diabólica. Yo aún soy de los que creen que mediante el trabajo, el estudio y la investigación científica también pueden desentrañarse los secretos que guarda el Universo y aunque los Dorados de la Capital hablen y hablen de las ventajas de sus métodos eso no demuestra lo contrario...

¡Pensar que un día llegamos a creer que serían nuestros salvadores! No es para menos, ¡menudos problemas ecológicos había en esos tiempos!. ¿Quién puede juzgar a nuestros antepasados? Hoy fácil es comprender los errores conociendo el resto de la historia...

Un mal día aparecieron de la nada, con su aura dorada. Muchos los tomaron por santos; no es para menos, ¡si hasta en las Iglesias se representaba a los santos con un aura dorada! Podían caminar por el agua, multiplicar el pan con los trasmutadores astrales, curar a los enfermos, ¡resucitar los muertos!. ¡Mierda! Dos mil años de religión cristiana nos enseñaban que esos milagros los hizo Jesús el hijo de Dios. ¿Cómo no adorarlos y respetarlos. entonces...? Grupos de católicos, evangelistas, musulmanes y tantos más renegaban de sus líderes para seguir a los arcángeles de las estrellas que les prometían el Paraíso soñado. Hasta se recrearon las pilas de la Edad Media para quemar comunistas, socialistas y toda clase de ateos y herejes alentados por renacidos profetas y políticos advenedizos de la peor laya...

Cuando comprendímos cómo lo hacían ya era  tarde... no solamente estaban entre nosotros y gustaban de nuestras mujeres (que además los preferían por esas cosas de la moda) sino que su manera de curar, resucitar y multiplicar se daba de narices con todas las concepciones éticas, sin excepción, de Aristóteles a Marx, desde Moisés a Ghandi, cualquiera hubiera abominado de su presunto «sistema superior». Claro, ya no emplean esos métodos (por lo menos no oficialmente), pero los que utilizan hoy no los llegamos a comprender. Para entenderlos hay que nacer con ellos, hay que vivir con ellos, hay que entrenarse en los centros de Próxima, Sirio o cualquiera de los sistemas estelares de la Confederación... Y a pesar de todo, muchos de nosotros no creemos que sea del todo bueno. La mayoría de ellos no dudan en afirmar que somos incapaces de adaptarnos, que el terrestre es inferior, que por eso no brilla su aura; tal vez tengan razón pero la verdad es que ya ni siquiera podemos continuar sin energía, pues a poco de llegar destinaron todos los recursos energéticos del planeta a la generación de sicofuerza. ¿Cómo podemos arreglárnoslas con las tres o cuatro usinas térmicas que nos dejaron seguir usando?

Gran cantidad de los nuestros se han ido con ellos, los prefieren, es verdad. Las mujeres terrestres se untan con pomadas fluorescentes para ser más atractivas y los más osados hasta acortan su vida mezclando la pomada con polvos radioactivos para brillar aún más.

74 años. Eso es. Ya estoy viejo para seguir luchando por causas perdidas. A veces, de tanto en tanto, viene hasta mi casa un grupo de Dorados que se interesan por mis historias, que gustan ver conmigo las viejas películas y aprender tonadas de Gardel. Hay uno que siempre me pide que le deje hacer una una sicoreproducción de «El día que me quieras» y siempre le contesto que eso se escucha con el corazón, que no se puede mentalizar; y se que aunque no entiende bien eso de «escuchar con el corazón», al menos trata...

Se que debe haber muchos Dorados que comprendan que la vida humana tiene muchos caminos. Que ellos tomaron por uno y nosotros por otro y aunque no todos marchan a la misma velocidad, a la vera de ambos hay frutos y espinos, ¡que hasta es posible que en algún lugar se junten con solo seguir caminando!. Que lo esencial, aún sigue siendo invisible a los ojos...


Nota del autor:

Desde chico preferí el género de la CF porque permite al autor crear cualquier escenario y plantear cuestiones reales en mundos irreales o hasta imposibles, pero no me gusta «adivinar» su intención. Recuerdo las conjeturas que hacímos con el final de la película «2001, una odisea del espacio»... Así que aunque este cuento es muy simple prefiero que quien lo soporte, al menos sepa en que esta inspirado. El título obviamente hace alusión al año del Quinto Centenario del descubrimiento de America que se cumple este año (1993) y a propósito, al que no lo haya leído, le recomiendo «El hombre del Bicentenario» que es un título de CF que nada tiene que ver con esta temática.

Hace pocos días escuchando un programa en una emisora de radio local oía a unos indígenas Mataco contar algunos de los problemas que padecen y por supuesto ello me sensibilizó. Debido al Cólera no pueden pescar ni vender su pescado, al mismo tiempo toda la tierra de su comarca es «Propiedad Privada» (de los descendientes de quienes se las arrebataron) y ni siquiera se les permite atravesar alambrados para ir en busca de madera para confeccionar artesanías que ayuden a sus precarias economías de subsistencia.
Cuando estos hombres hablaban se podía percibir en su voz no solo humildad y sencillez, sino impotencia ante un mundo que avanza arrollándolo todo a su paso (mundo que nosotros los «Dorados» de Bs.As. tampoco entendemos muy bien y por eso estamos donde estamos). El cuento es un simple paralelo visto con ojos «Occidentales y Cristianos» de lo que estos hombres contaban en aquel programa de radio aunque las reflexiones del viejo son por supuesto mías...

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